Hay una imagen que conozco bien y que a la vez me produce una mezcla de angustia y urgencia: el Vertedero de Duquesa en hora pico. Decenas de camiones descargando, aves sobrevolando, humo en los bordes, personas buscando materiales reciclables entre los desechos. Es la imagen de un sistema que nunca fue diseñado para lo que hace.
Duquesa lleva décadas recibiendo los residuos de Santo Domingo. No fue concebido como un relleno sanitario — fue un vertedero que creció sin plan y sin ingeniería. Y en ese crecimiento desordenado, acumuló todos los problemas que la gestión deficiente de residuos puede crear: contaminación de acuíferos, emisiones de gases de efecto invernadero, vectores de enfermedades, impacto sobre comunidades aledañas.
Técnica: qué distingue un relleno sanitario de un vertedero
La diferencia no es solo de nombre. Es una diferencia de ingeniería y de gestión que tiene consecuencias directas sobre el ambiente y la salud pública.
Un relleno sanitario técnicamente controlado tiene impermeabilización de base — una barrera de arcilla compactada o geomembrana que impide que los lixiviados (el líquido que se produce por la descomposición de los residuos y por la lluvia) contaminen las aguas subterráneas. Tiene un sistema de captación y tratamiento de lixiviados. Tiene un sistema de captación y gestión del biogás — que puede ventarse controladamente o aprovecharse para generación de energía eléctrica. Y tiene diseño de celdas sanitarias que permiten operar por fases y compactar los residuos de manera eficiente.
Un vertedero no tiene nada de eso. Es, en esencia, un acúmulo de residuos sobre el suelo, sin barreras, sin sistema de captación de gases ni lixiviados, sin diseño de celdas.
Visita técnica de diagnóstico a sitio de disposición final. El contraste entre un vertedero a cielo abierto y un relleno sanitario técnicamente controlado es abismal en términos de impacto ambiental y sanitario.
El componente cultural y político
Convertir un vertedero en un relleno sanitario no es solo una obra de ingeniería. Hay una dimensión social y política que, si se ignora, puede hacer fracasar cualquier proyecto técnicamente impecable.
Las comunidades que viven cerca de estos sitios tienen una relación compleja con ellos. Para muchas familias, el vertedero es fuente de ingresos: recicladores informales que recuperan materiales y los venden. Un proceso de cierre y transformación que no los incluya crea resistencia legítima y conflicto social. La inclusión social no es una concesión — es un requisito de viabilidad.
Desde COPIDEGA, el operador del primer relleno sanitario técnicamente controlado para la zona Este del Gran Santo Domingo (La Caleta y Boca Chica), hemos aprendido que la comunicación con las comunidades locales debe comenzar mucho antes de la primera pala de tierra. La licencia social para operar se construye con tiempo, transparencia y compromiso real.
El camino que queda
República Dominicana tiene un inventario de decenas de vertederos no controlados distribuidos por todo el territorio nacional. El cierre técnico de esos sitios y la transición hacia instalaciones de disposición final adecuadas es una de las deudas ambientales más urgentes del país.
No es una tarea que pueda completarse de un año para otro. Pero tampoco puede postergarse indefinidamente. Cada año que pasan esos vertederos operando sin control es un año de contaminación acumulada, de emisiones de GEI no contabilizadas, de riesgo sanitario para las comunidades cercanas.
La ingeniería tiene las respuestas técnicas. El desafío es construir la voluntad política y la institucionalidad necesaria para aplicarlas.